Las vocaciones en la Iglesia

Las vocaciones en la Iglesia 1Recordando la Parábola de los Talentos, debemos ponernos a la disposición de Dios y de la Iglesia para que esos talentos sean útiles. Nosotros no le imponemos nuestros dones a Dios y a la Iglesia, pero si Él y la Iglesia nos piden utilizarlos, tenemos el deber de responder con generosidad e incondicionalmente.

La palabra “vocación” (vocatio, en latín), significa “llamado”. Pero ¿quién hace ese llamado? Siempre es el Señor quien toma la iniciativa: sea directamente, como cuando se trata del llamado a la vida monástica, sea indirectamente, utilizando uno o varios intermediarios, como cuando se trata de invitarnos a la vida de familia por medio de la persona que hemos elegido para formar el hogar que será el terreno de nuestro encuentro con Dios. Asimismo, puede tratarse de la invitación a servir en la Iglesia; en este caso, es ella quien llama por medio de los fieles, sacerdotes y obispos, para cumplir con las funciones de diácono, sacerdote u obispo, o las de catequista, iconógrafo, etc.

Otros son llamados a permanecer en el celibato, aún en medio de mundo. Esta forma de llamado particular puede generar una verdadera entrega al servicio de la Iglesia. Finalmente, cualquiera que sea el llamado, es necesario subrayar dos aspectos esenciales: ninguna vocación adiestra de facto en la santificación automática de quien recibe ese llamado. Todas las vocaciones son complementarias y necesarias y lo importante para cada uno es buscar hacer la voluntad de Dios, de la forma y en el lugar en donde Él lo desea. Recordando la Parábola de los Talentos, debemos ponernos a la disposición de Dios y de la Iglesia para que esos talentos sean útiles. Nosotros no le imponemos nuestros dones a Dios y a la Iglesia, pero si Él y la Iglesia nos piden utilizarlos, tenemos el deber de responder con generosidad e incondicionalmente. Todos los que hemos sido bautizados, todos los miembros del Cuerpo de Cristo, estamos llamados a realizar un determinado rol en la vida de la Iglesia. Cada persona es suficientemente responsable para responder al llamado a servir que Dios le propone.

(Padre Simeón, hegúmeno del Monasterio “San Siluano el Athonita”, Saint Mars de Locquenay, Francia.)